Off

Las hojas de los árboles. Las piedras rotas generando poliedros asimétricos. Las arrugas en el rostro. Todos estos términos representan el concepto que los japoneses han bautizado como Wabi Sabi, una filosofía estética que busca la belleza en las cosas imperfectas, no permanentes e incompletas.
Wabi Sabi representa la belleza que fluye de la energía creativa que existe en todas las cosas, sean animadas o no. Es una belleza que, como la misma naturaleza, puede aparecer en la luz y en la oscuridad, en la tristeza o en la alegría, en lo áspero y en lo suave.
Caracterizado por la asimetría, irregularidad, simplicidad, economía, austeridad, modestia e intimidad- este término valora los objetos y procesos naturales como emblemas de nuestra existencia transitoria. El óxido, las hojas secas de los árboles, las pecas y manchas en la piel, representan la textura de nuestra propia vida.
Esta filosofía, nacida en Japón en el siglo XV como reacción al lujo y ostentación de la aristocracia, gira en torno a tres principios: “Nada es perfecto, nada dura, y nada está terminado.”
La inspiración metafísica inicial y los principios morales del término wabi sabi provienen de ideas acerca de la sencillez, la naturalidad, y la aceptación de la realidad, que forman parte del taoísmo y el budismo zen. Su traducción a la cultura occidental es difícil: “wabi” se refiere a la belleza fuerte pero transitoria, mientras que “sabi” denota la poesía del envejecimiento de las cosas, prestando atención a los matices sutiles y profundos. En ese sentido, el envejecimiento y el deterioro como procesos naturales no son vistos como defectos, sino como una profundización y enriquecimiento de la belleza que nos rodea. Una traducción al español podría ser el concepto de “rústico”.
La belleza wabi sabi es un tipo de belleza tranquila, minimalista, modesta, que debes descubrir a través de la paciencia. Una belleza a menudo fragmentaria, una belleza suave que nos impacta pese a que nos ha estado rodeando durante mucho tiempo.
Wabi sabi no quiere decir algo sucio o desordenado. La magia de las cosas que han sufrido el desgaste del tiempo y del uso tiene sentido si la atención y el cuidado en su uso les han permitido sobrellevar el efecto del tiempo. La madera de un mueble antiguo puede mostrar a la vez el efecto del tiempo y de las personas que lo utilizaron.
Sin embargo, encontrar la belleza en la imperfección no es un proceso intuitivo para la mente occidental. No sólo hemos sido educados en una cultura consumista, que aprecia lo nuevo y lo impecable sobre lo viejo y deteriorado, tanto objetos como personas. Una obsesión alimentada constantemente por la publicidad. Probablemente el origen de este visión perfeccionista del mundo occidental se fundamenta en la antigua filosofía griega de simetría, proporción y belleza idealizada. En la no aceptación de lo que es, sino en la glorificación de lo que podría ser.
Wabi sabi es justamente lo contrario a la cultura de producción masiva y saturación tecnológica de hoy en día. Significa comprender la tierna y cruda belleza de un paisaje gris de diciembre, o el sufrimiento de una vieja masía abandonada y derruida.

Wabi sabi nos recuerda que todos somos seres de paso en este planeta. Que nuestros cuerpos, así como el mundo material que nos rodea, se encuentran en el proceso de regresar al polvo. A través de wabi sabi, aprendemos a apreciar la gloria y la melancolía que se encuentra en las marcas del paso del tiempo, en los ciclos naturales de crecimiento, decadencia y erosión.
En esta era moderna nos encontramos cada vez más alejados de lo real. La textura de la vida cada vez más digitalizada. Estamos programados para buscar siempre algo más nuevo, más elegante, más rápido, bombardeados con imágenes de rostros más jóvenes, más estilizados como el ideal de belleza.
En una época en la que nos apresuramos a tirar las cosas rotas en lugar de agradecer su historia, es muy oportuno recordar y explorar la antigua sabiduría de wabi sabi.
Aunque su utilidad haya sido fundamentalmente el arte y la arquitectura, parece natural poder aplicar estos principios a nuestra propia existencia y apreciar de nuevo la textura de la vida tal cual es en realidad.