Calma rural

En primer lugar, quisiera darte las gracias por tomarte tu tiempo para leer estas páginas. En estos tiempo de multiconexión a estímulos constantes, cada vez es más necesario que seamos capaces de dedicar momentos a reflexionar acerca de quiénes somos y qué es lo que queremos. Hay quien busca encontrarse a sí mismo a través de experiencias excitantes y viajes a lugares recónditos. Lo cierto es que no hace falta irse tan lejos. En realidad, el viaje empieza en ti y la búsqueda culmina en ti. Todo lo que puedas encontrar y experimentar será un reflejo de ti mismo.


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Ésta fue la pregunta que les hice a mis hijos ayer: si dos hermanos gemelos se separan al nacer y uno vive a nivel del mar mientras otro vive en una montaña a 7.000 metros de altura, ¿cuál de los dos envejece más rápido?

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Por supuesto, las respuestas que me dieron fueron de lo más imaginativo, y me sentí bien pensando que todavía no habían llegado a limitarse a la solución científicamente determinista que hubiéramos contestado muchos: si habían nacido al mismo tiempo, serían igual de viejos.
Sin embargo, si le hubiéramos realizado la pregunta a un físico cuántico, su respuesta hubiera sido distinta. En igualdad de condiciones, según la Teoría de Relatividad General, el tiempo transcurre más lentamente a nivel del mar que en lo alto de una montaña. La explicación es la distinta intensidad del campo gravitatorio, más fuerte a nivel del mar por encontrarse más próximo a la Tierra. Al parecer este efecto ha sido comprobado experimentalmente en diversas ocasiones, incluso con una diferencia de altura de sólo un par de metros.
Quizá recién llegados de nuestras vacaciones (en el mar o en la montaña) todo esto resulte muy complejo de comprender. ¿Significa que el tiempo, tal y como lo medimos y conocemos, pasa más deprisa en la montaña? ¿Podemos disfrutar de un más lento transcurrir del tiempo si vivimos cerca del mar?
La respuesta por desgracia no existe todavía. Un físico intentaría contestar afirmando que el tiempo no existe, al menos tal y como nosotros lo conocemos e intentamos medir (como tampoco existe el espacio). Tenemos la sensación de que podemos medirlo en días, horas, minutos, pero la única evidencia que tenemos del paso del tiempo es nuestra memoria. En realidad, el tiempo es parte de la estructura del universo, y nuestros relojes no son capaces de medirlo de forma independiente.
Nuestra mente está adiestrada en términos científicos para pensar que estamos rodeados de objetos, y que el tiempo transcurre de manera lineal y mecánica. Nos cuesta aceptar la idea de que vivimos en un mundo relativo, que todavía somos incapaces de comprender racionalmente. Mientras tanto, intentemos disfrutar y ser felices en cada momento. Al fin y al cabo, como decía Einstein, la distinción entre pasado, presente y futuro es sólo una ilusión obstinadamente persistente.

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Las hojas de los árboles. Las piedras rotas generando poliedros asimétricos. Las arrugas en el rostro. Todos estos términos representan el concepto que los japoneses han bautizado como Wabi Sabi, una filosofía estética que busca la belleza en las cosas imperfectas, no permanentes e incompletas.
Wabi Sabi representa la belleza que fluye de la energía creativa que existe en todas las cosas, sean animadas o no. Es una belleza que, como la misma naturaleza, puede aparecer en la luz y en la oscuridad, en la tristeza o en la alegría, en lo áspero y en lo suave.
Caracterizado por la asimetría, irregularidad, simplicidad, economía, austeridad, modestia e intimidad- este término valora los objetos y procesos naturales como emblemas de nuestra existencia transitoria. El óxido, las hojas secas de los árboles, las pecas y manchas en la piel, representan la textura de nuestra propia vida.
Esta filosofía, nacida en Japón en el siglo XV como reacción al lujo y ostentación de la aristocracia, gira en torno a tres principios: “Nada es perfecto, nada dura, y nada está terminado.”
La inspiración metafísica inicial y los principios morales del término wabi sabi provienen de ideas acerca de la sencillez, la naturalidad, y la aceptación de la realidad, que forman parte del taoísmo y el budismo zen. Su traducción a la cultura occidental es difícil: “wabi” se refiere a la belleza fuerte pero transitoria, mientras que “sabi” denota la poesía del envejecimiento de las cosas, prestando atención a los matices sutiles y profundos. En ese sentido, el envejecimiento y el deterioro como procesos naturales no son vistos como defectos, sino como una profundización y enriquecimiento de la belleza que nos rodea. Una traducción al español podría ser el concepto de “rústico”.
La belleza wabi sabi es un tipo de belleza tranquila, minimalista, modesta, que debes descubrir a través de la paciencia. Una belleza a menudo fragmentaria, una belleza suave que nos impacta pese a que nos ha estado rodeando durante mucho tiempo.
Wabi sabi no quiere decir algo sucio o desordenado. La magia de las cosas que han sufrido el desgaste del tiempo y del uso tiene sentido si la atención y el cuidado en su uso les han permitido sobrellevar el efecto del tiempo. La madera de un mueble antiguo puede mostrar a la vez el efecto del tiempo y de las personas que lo utilizaron.
Sin embargo, encontrar la belleza en la imperfección no es un proceso intuitivo para la mente occidental. No sólo hemos sido educados en una cultura consumista, que aprecia lo nuevo y lo impecable sobre lo viejo y deteriorado, tanto objetos como personas. Una obsesión alimentada constantemente por la publicidad. Probablemente el origen de este visión perfeccionista del mundo occidental se fundamenta en la antigua filosofía griega de simetría, proporción y belleza idealizada. En la no aceptación de lo que es, sino en la glorificación de lo que podría ser.
Wabi sabi es justamente lo contrario a la cultura de producción masiva y saturación tecnológica de hoy en día. Significa comprender la tierna y cruda belleza de un paisaje gris de diciembre, o el sufrimiento de una vieja masía abandonada y derruida.

Wabi sabi nos recuerda que todos somos seres de paso en este planeta. Que nuestros cuerpos, así como el mundo material que nos rodea, se encuentran en el proceso de regresar al polvo. A través de wabi sabi, aprendemos a apreciar la gloria y la melancolía que se encuentra en las marcas del paso del tiempo, en los ciclos naturales de crecimiento, decadencia y erosión.
En esta era moderna nos encontramos cada vez más alejados de lo real. La textura de la vida cada vez más digitalizada. Estamos programados para buscar siempre algo más nuevo, más elegante, más rápido, bombardeados con imágenes de rostros más jóvenes, más estilizados como el ideal de belleza.
En una época en la que nos apresuramos a tirar las cosas rotas en lugar de agradecer su historia, es muy oportuno recordar y explorar la antigua sabiduría de wabi sabi.
Aunque su utilidad haya sido fundamentalmente el arte y la arquitectura, parece natural poder aplicar estos principios a nuestra propia existencia y apreciar de nuevo la textura de la vida tal cual es en realidad.

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Existe la creencia de que existen puntos geomagnéticos de energía procedentes del núcleo de la Tierra. Estos lugares, llamados puntos telúricos, son singulares en la capa protectora magnética que nos protege del viento solar, un flujo de partículas de alta energía que nos envía el Sol.

La magnetosfera no sólo nos protege de los efectos dañinos del viento solar, sino porque dominan muchos aspectos de la vida del planeta. Por ejemplo, muchos animales utilizan este campo para guiarse en sus viajes. Nosotros también lo hacemos, con las brújulas, que utilizan este magnetismo.

El término telúrico proviene del latín tellūs, que significa Tierra. Una corriente telúrica es una corriente eléctrica que se mueve bajo tierra o a través del océano. Tienen una muy baja frecuencia, y corren muy cerca de la superficie terrestre. Son inducidas por variaciones naturales en el campo magnético terrestre, en interacción con el viento solar y la magnetósfera.

Desde la antigüedad, existía la creencia que atribuía a los puntos telúricos poderes especiales, incluso desde un punto de vista esotérico se creía que podrían permitir que se viaje entre ellos de forma instantánea. En cada sitio sagrado, se suponía que existía una puerta hacia el conocimiento sagrado y la catálisis de intercambio energético, recibiendo energía de luz del sitio.

Algunos de los puntos con una energía telúrica especial fueron descubiertos y utilizados por nuestros antepasados, que los consideraron sagrados, construyendo templos sobre los mismos. Algunos de los más conocidos son Stonehenge y Chichen Itzá.

En España, Felipe II fue un gran estudioso de los puntos telúricos. En el Escorial existe una piedra tallada conocida como “silla de Felipe II”, supuestamente fue mandada construir por el monarca para controlar la marcha de las obras del monasterio de El Escorial. En realidad, Felipe II conocía el enclave energético y le gustaba visitar el lugar.

Fue precisamente Felipe II el que concedió salvaguardia real al Santuario de la Virgen de la Salud en 1555, tras visitarlo en varias ocasiones y comprobar la energía singular del lugar. Desde entonces, el santuario fue visitado por ilustres personalidades como Felipe IV, Cervantes y los Borgia, que aportaron dinero para conseguir tener mayor influencia en el lugar.

Los colores del otoño Posted enero 13, 2016

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El otoño es una etapa de explosión de matices cromáticos. La disminución de luz y temperatura facilita un ambiente más tenue. Los cielos rojizos son más frecuentes, por el tiempo más ventoso. Las nubes son más oscuras, por la menor temperatura del aire. Las hojas caducas cambian su color, signo de una menor actividad vegetal. 

Esta estación es una buena oportunidad para visitar parques naturales y observar el espectáculo de la naturaleza cambiando. Si lo prefieres, también es posible aprovechar los días soleados para pasear por las playas de una manera más relajada que en la época estival.  Y si no te decides, siempre puedes hacer las dos cosas.

 

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Entrar en un bosque. Pasear poniendo atención al olor que desprenden las plantas, al ruido del viento en las hojas de los árboles y a toda la gama de colores y texturas que el entorno natural nos ofrece. Sin móviles. Sin música. Sin hablar de los temas que nos preocupan.

Tan sencillo y tan efectivo: Japón ha acuñado el término Shinrin-Yoku para describir estos “baños de bosque”: no se trata de una meditación, sino de que nuestra atención esté centrada en el entorno y no se dedique a su pasatiempo favorito: la anticipación de problemas. Los japoneses han demostrado con estudios científicos que esta sencilla práctica tiene profundos efectos en nuestra salud física y psicológica: un estudio de la Chiba University ha demostrado que entre los que frecuentan los bosques la hormona cortisol desciende en un 12,4 %, al igual que la actividad del sistema nervioso simpático, en un 7%, y la presión sanguínea, que baja una media de 1,4%. Además, los que practican el Shinrin–Yoku tienen un descenso en la media de infartos de un 5,8 %. Las técnicas avanzadas de neurobiología han demostrado igualmente que interactuar con la naturaleza disminuye la actividad del córtex prefrontal, la parte del cerebro, donde residen las funciones cognitivas y ejecutivas. La actividad se desplaza a otras partes del cerebro relacionadas con la emoción, el placer y la empatía. ¡Ya sabemos por qué sabe mejor la comida en el campo! Por último, la Escuela de Medicina de Tokio ha demostrado también que un paseo por un bosque aumenta significativamente la concentración de células NK, un tipo de glóbulo blanco que contribuye a la lucha contra las infecciones y el cáncer. Los compuestos volátiles emitidos por los árboles (como pinenos, limonenos, cedrol o isoprenos) son los principales responsables de este efecto beneficioso sobre el sistema inmunitario. En resumen: cambiar la pantalla del móvil por un paseo por un entorno natural nos hará más sanos y más felices.