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Entrar en un bosque. Pasear poniendo atención al olor que desprenden las plantas, al ruido del viento en las hojas de los árboles y a toda la gama de colores y texturas que el entorno natural nos ofrece. Sin móviles. Sin música. Sin hablar de los temas que nos preocupan.

Tan sencillo y tan efectivo: Japón ha acuñado el término Shinrin-Yoku para describir estos “baños de bosque”: no se trata de una meditación, sino de que nuestra atención esté centrada en el entorno y no se dedique a su pasatiempo favorito: la anticipación de problemas. Los japoneses han demostrado con estudios científicos que esta sencilla práctica tiene profundos efectos en nuestra salud física y psicológica: un estudio de la Chiba University ha demostrado que entre los que frecuentan los bosques la hormona cortisol desciende en un 12,4 %, al igual que la actividad del sistema nervioso simpático, en un 7%, y la presión sanguínea, que baja una media de 1,4%. Además, los que practican el Shinrin–Yoku tienen un descenso en la media de infartos de un 5,8 %. Las técnicas avanzadas de neurobiología han demostrado igualmente que interactuar con la naturaleza disminuye la actividad del córtex prefrontal, la parte del cerebro, donde residen las funciones cognitivas y ejecutivas. La actividad se desplaza a otras partes del cerebro relacionadas con la emoción, el placer y la empatía. ¡Ya sabemos por qué sabe mejor la comida en el campo! Por último, la Escuela de Medicina de Tokio ha demostrado también que un paseo por un bosque aumenta significativamente la concentración de células NK, un tipo de glóbulo blanco que contribuye a la lucha contra las infecciones y el cáncer. Los compuestos volátiles emitidos por los árboles (como pinenos, limonenos, cedrol o isoprenos) son los principales responsables de este efecto beneficioso sobre el sistema inmunitario. En resumen: cambiar la pantalla del móvil por un paseo por un entorno natural nos hará más sanos y más felices.